LA ORDEN DEL CARMEN Y SU ADVOCACIÓN MARIANA

Asociaciones, devoción y espiritualidad  

    La razón de este artículo se apoya y justifica en la noticia publicada sobre la afiliación oficial de la Cofradía de Nuestra Señora del Carmen de Jaén con la anti­quísima Orden del Carmen. (Diario JAÉN, 22 de noviembre de 1999). Explicitar qué es dicha Orden, su espiritualidad, su historia, y en qué consiste la Familia Carmelitana a la que de forma oficial dicha cofradía se asocia.

 1.  MARÍA, MADRE Y PATRONA DEL CARMELO

    Decir que la Orden del Carmen es una de las grandes instituciones religiosas eminentemente marianas no es recurrir a ningún tópico ni alardear de snobismo, sino manifestar lo que es evidente en la Historia de la Iglesia: Carmelus totus ma­rianus est, se viene diciendo desde la Edad Media, época en la que apareciera la Orden en Occidente. Efectivamente, «El Carmelo es todo mariano», lo cual no quiere decir que esta dimensión la mantenga en exclusiva o en competición con otras órdenes religiosas que hasta en el título manifiestan su esencial devoción mariana. «Misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de María» se intitulan los claretianos.  

 «Todo instituto religioso que se gloría de tener una característica o espirituali­dad mariana no hace otra cosa sino reflejar un aspecto, una orientación, un mo­mento o también alguna virtud de la inexhaurible fecundidad del alma de María. Bajo tal aspecto, cada uno puede sentirse el predilecto de la Virgen, de donde dima­nan características y matices devocionales, constituyendo ello un milagro del co­razón maternal de María que, a la vez que ama a todos sus hijos, puede hacer sentir simultáneamente a cada uno de ellos de ser el preferido; su amor materno no está circunscrito ni menos agotado por una determinada orden o congregación reli­giosa: sería la más insana y orgullosa presunción pretender tener en ello la exclu­siva. El amor maternal de María constituye un denominador común que da caracte­rísticas especificas correspondientes a la diversa índole y finalidad de cada orden o instituto religioso»1. 

    Todo cuanto termina de decir nuestro ilustre dominico es verdad, pero también es innegable que muy pocas órdenes pueden decir que María es la Madre y Patrona de su familia religiosa desde los orígenes mismos de su institución dándole nombre y a la que como a tal la ha venido venerando durante ocho siglos, forjándose en torno a esta devoción una escuela de espiritualidad, la carmelitana, ya consagrada en la Iglesia como una de las más clásicas en cuanto a su doctrina mística y mariana se refiere, con una faceta tal vez única: la de su arraigo en el alma del pueblo de una forma tan espectacular como universal hasta el punto de poder mostrar el santo escapulario, su distintivo, como señas de indentidad cristiana en algunos países de misión2. Se trata simplemente de una entrañable historia de devoción ma­riana que vamos a contar muy brevemente a nuestros lectores cofrades giennenses .  

    Y hemos de comenzar diciendo que, dentro de la amplia gama de institutos, con­gregaciones y órdenes religiosas, la del Carmen presenta la más anodina e infre­cuente situación histórica, sin duda, acerca de su origen: el Carmelo no reconoce a ningún fundador en concreto en un sentido formal y jurídico, sino que única­mente alude a un elemento espiritual como fuerza dinámica fundadora e inspi­radora. Desde sus mismos orígenes sostuvo siempre con toda firmeza que Elías el Profeta fue su fundador y Padre, sosteniendo a la vez que María era su Madre y Patrona. He aquí de forma muy sucinta cómo transcurrieron los hechos.  

    Inmediatamente después de la segunda cruzada (1147-1149) algunos devoti Deo peregrini, según Jaime de Vitry3, prefirieron conquistar al mismo Dios y granje­arse su amistad antes que la misma reconquista y rescate del Santo Sepulcro de Cristo que se habían propuesto, renunciando al siglo y determinándose a vivir «laudabiliter», en santa penitencia, sobre la cumbre del Monte Carmelo. Hacia el 1209 el patriarca Alberto de Jerusalén les da por escrito algunas normas. de vida, a tenor de cuanto se habían propuesto practicar («iuxta propositum vestrum»), entre las que sobresalía el continuo ejercicio de la oración tal como aún se lee en el cap. VII de la Regla del Carmen: «Maneant die ac nocte in lege Dominí meditantes et in orationibus vigilantes». 

    En un itinerario de peregrinos titulado La Citez du Jerusalem, compuesto entre los años de 1220-1229, ya se escribía sobre el Carmelo: «En la ladera de esta misma montaña hay un lugar muy bello y deleitoso donde habitan unos ermitaños latinos llamados frailes del Carmen, donde hay una iglesia dedicada a Nuestra Señora»4. «Tal dato acerca de la existencia de una iglesia dedicada a Nuestra Señora, (Notre Dame), en un lugar de la montaña en que habitaban unos ermitaños latinos deno­minados frailes del Cannen (fréres du Carme) nos es sumamente interesante, por­que de una manera documental y positiva sabemos que la iglesia u oratorio que según la norma de vida dada por el patriarca de Jerusalén Alberto a los ermitaños del Carmelo entre los años 1206-1214, se tenía que construir (oratorium construan­tur in medio cellularum), lo tenemos ya edificado unos dos o tres lustros después, y con la precisión de que fue dedicado a Nuestra Señora»5.  

    Para aquellos primeros monjes indudablemente el recuerdo de Elías era tan vivo en el Monte Carmelo (se habían instalado junto a la Fuente del Profeta) que les fue no sólo una figura inspiradora sino estimulante en su vocación y al que vinieron a considerar como verdadero Fundador y Padre. Junto a la gran figura eliana surge, a la vez y desde los primeros momentos, la suave imagen de María a cuyo nombre dedican la capilla que se erige en el centro de sus celdas monacales. «A Elías y a María, indisolublemente unidos en el pensamiento y el afecto de aquellos frailes, los carmelitas les asignaron respectivamente las dos funciones -paterna y materna- en orden al nacimiento y crecimiento de aquella familia religiosa. Por eso los carmelitas jamás han reconocido a otro Padre o Fundador que no fuera éste, ni jamás han reconocido como Madre o Patrona a otra mujer que no fuera la misma Virgen María»6. 

    Como Patrona de la Orden -evocamos tan sólo dos ejemplos- fue reconocida por los papas desde que empezaron a nombrar a la misma Orden con su propio título:   

Santa María de Monte Carmelo, como aparece ya en una bula de Inocencio IV, del 13 de enero de 1252(7), y once años más tarde, el 20 de febrero de 1263, el papa Urbano IV concedía una indulgencia por la reedificación del convento del Carmelo «en donde tuvo origen la mencionada Orden, a honor de Dios y de la mencionada Gloriosa Virgen su Patrona».  

  2. ESPIRITUALIDAD DE LA DEVOCIÓN DEL CARMEN

    El título a cuyo servicio se consagra una determinada familia religiosa-escribe el P. Geagea-, así como era algo esencial para obtener la aprobación de la autoridad eclesiástica, suponía también una determinada orientación espiritual de aquella misma familia religiosa; y así aquellos ermitaños del Carmelo, reunidos "junto a la Fuente de Elias" por el patriarca Alberto en una sola congregación para vivir "en obsequio de Jesucristo", empezaron a modelar su vida mediante un trato espiritual con María, Madre de Cristo, lo cual hizo que la bienaventurada Virgen fuera considerada Patrona de la Orden, de la que también fue llamada Madre y Decoro del Carmelo, y a la cual los carmelitas tuvieron siempre en su mente y en su corazón como Virgen Purísima, según se lee en el art. 11 de las Constituciones. 

    El Carmelo, como todo instituto de vida consagrada, hubo de madurar muy lenta­mente la idea de su estrecha vinculación mariana, a través de una incesante apli­cación, aquella primera semilla de su ideal de perfección, hasta desembocar en una vigorosa tensión hacia la mística experiencia de los atributos divinos incluso partiendo desde esta vida en cuanto esto era posible. Ello dio origen, en conse­cuencia, a un apasionado culto por la interioridad, la familiaridad, la intimidad, en la praxis de la vida espiritual Tal culto no podía por menos que influir a la Familia Carmelitana en sus relaciones con la Madre de Dios hasta suscitar una caracte­rística forma de piedad: una devoción carmelitana a María; devoción no sólo en el Carmelo, sino del Carmelo a la Madre de Dios.  

    Y es curioso observar cómo de aquella condición de súbditos o vasallos, según la terminología feudal propia de aquel tiempo, nuestros primeros carmelitas pasaron con toda naturalidad, sin tropiezo ni salto alguno, a un lenguaje y contenido de amorosa familiaridad: la propia de unos hijos con su Madre, la de unos hermanos respecto a su Hermana, para alcanzar una sorprendente identidad con María hasta el punto de hacerla a ella misma carmelita; por eso desde siempre los carmelitas, al considerarla como miembro de su propia familia y partícipe de su misma vida, la vistieron con su propio hábito por legítimo derecho, a la vez que ellos mismos consideraron desde entonces aquellas galas femeninas como aval de protección y signo de identidad y pertenencia.

  Sobre la espiritualidad mariana que va surgiendo entre aquellos primeros ere­mitas los más antiguos autores de la Orden gustan de fijar su atención sobre estos tres fecundos y operantes reverberos de la luminosidad de María: su soberana dignidad, su inagotable bondad y su ejemplar santidad. Tres dimensiones marianas que, én un sentido práctico, configuraron las tres vitales relaciones de María y los carmelitas: como Patrona, como Madre y como Hermana.
 

 3.  NOTAS ESENCIALES DE LA DE LA DEVOCIÓN DEL CARMEN

  a) Consagración. La nota esencial de la devoción a Sta. María del Monte Carmelo es la consagración de sí a María, consagración radical, total e irreversible. «Legítima y saludable», como la llama De Fiores, tal consagración significa seguir la orientación trascendente, señalada por el bautismo, y traducir en acto sus vitales consecuencias, haciéndose disponibles y dóciles a las mociones del Espíritu Santo. Dicha consagración «ayuda a vivir la dimensión mística del cristianismo; es decir, actualizar la espiritualidad de María, constituida por una pobreza radical, una receptividad, una disponibilidad, una acogida del proyecto de Dios: la espiritualidad de los pobres de Yahwe entre los que descuella María»8. Sin duda que tal consagración también se profesa y vive en otros institutos de vida consagrada, órdenes, congregaciones o asociaciones religiosas, pero no es menos cierto que en el Carmelo se vive de una forma muy peculiar, específica y propia. 

b) Maternidad. Nuestra devoción absorve preferentemente savia y vigor de la verdad mariana más vital, la de su maternidad; fundamentalmente la maternidad divina y, por reflejo, la maternidad espiritual. «Sí. No nos cansaremos de repetirlo- y lo hacemos con la mayor delicadeza de mente y de corazón-: María, más que Reina es Madre. Más que Dolorosa, Inmaculada, Socorro, Consolación .0 Auxiliadora, como la consideran otros respetables institutos religiosos, para nosotros carmelitas es, principalmente, Madre: Madre tierna, afectuosa, presurosa..., madre superamable9. A nuestros ojos ella es la Virgen de la vida porque nos la da, vigila nuestra vida y promueve la madurez de la misma hasta la posesión efectiva de Dios, imperecedera vida»10. 

c) Interioridad e Intimidad. La del Carmen es una devoción que detesta lo superficial y exige ser vivida en profundidad. A este respecto nos recuerda el papa Juan Pablo II: «El título de Ntra. Sra. del Carmen es el centro de una rica experiencia espiritual, no sólo para la familia religiosa que toma el nombre de la Virgen del Carmelo, sino también para tantas almas deseosas de perfección evangélica centrada en una vida de contemplación, como la de María, sobre la continua oración y la escucha de la Palabra»11. 

d) Donación radical y total de sí. Es la del Carmen una devoción que evita la fragmentación y dispersión de energías en múltiples prácticas de piedad. Ejercicios que no raramente degeneran, convirtiéndose en un barniz externo de piedad ni expresan adecuadamente la riqueza de la realidad interior que constituye la verdadera relación entre la criatura y el Creador,  

El carmelita, revestido de su hábito y decidido a revestirse también de sus disposiciones, se aplica con mayor empeño a asemejarse a ella en aquellas actitudes espirituales que más armonizan con el espíritu de la Orden carmelita y que mayormente alimentan la interioridad, la intimidad. Así concebida, así traducida en la práctica, la consegración a María, lejos de dispersarse en muchos arroyos, en variados ejercicios, se explica preferentemente a través de la mencionada «vida marieforme y mariana» a la que ya hemos hecho referencia. 

«En este sentido el reino de Cristo y el reino de María florecen indisolublemente unidos en el alma a fin de que cada individuo y el entero instituto resulte totus marianus para ser to tus christianus. A fin de cuentas se trata de una experiencia vivida, indiscutible: cuando más el alma viene a depender de María y a tratar con María con la confianza del niño con la propia madre, tanto más siente crecer en sí el acercamiento a Cristo y la fidelidad a su Evangelio»12. 

Los primitivos escritores carmelitas insisten en la idea de que todas las cosas del Carmelo pertenecen al dominio y propiedad de la Virgen, por lo que los carmelitas tienen la obligación de entregarlo todo -incluso sus propios méritos- en manos de su Madre, y de ofrecerlo todo a Dios por su mediación; así lo enseña Arnoldo Bostio a fines del siglo XV. En el año de 1499 se publica el Vexillum Carmelitarum, es decir, el sello oficial de la Orden, en el que aparece la figura de María con esta leyenda:  «Sum Mater et Decor Carmeli» (Soy la Madre y Decoro del Carmelo). La culminación de esta doctrina mariano-carmelitana se encuentra desarrollada años después en el mariólogo y místico P. Miguel de San Agustín quien, con su discípula, la terciaria carmelita María Petyt, afirma que la Orden del Carmen ha recibido la misión de continuar en la Iglesia, Cuerpo místico de Cristo, el amor de Jesús hacia su Madre13. 

 

4.  LA GRAN FAMILIA CARMELITANA

    La Orden del Carmen no sólo está compuesta por la denominada primera Orden, o frailes del Carmen (PP. Carmelitas), sino por sus monjas, tanto de vida contempla­tiva y claustral como de vida activa o apostólica. Estas últimas congregaciones fundadas en el siglo pasado son más de un centenar en la actualidad. Dígase lo mismo de la Tercera Orden Carmelitana (TOC), seglares carmelitas que viven, in­cluso con votos, la espiritualidad de la Orden en sus diferentes estados de vida secular (Laicado Carmelita). Son aproximadamente unos 30.000 en todo el mundo. Y, finalmente, también pertenecen a la Orden con pleno derecho todas aquellas aso­ciaciones que, tanto por su origen como por su especial vinculación, viven él espí­ritu del Carmelo como por historia y tradición así lo han profesado y manifestado. Cuando por el tiempo o desaparición de las instituciones que sustentaron a estas hermandades o cofradías se pretende reanudar y estrechar estos vínculos espiri­tuales con la Orden primitiva en la que tuvieron su origen y principio, son las asociaciones mismas las que recurren al máximo mandatario de la Orden (el Prior General), a fin de que se les conceda Carta de Afiliación a la misma, refrendando de este modo una tradición y una vivencia secular. Es el caso concreto de la Cofradía de Ntra. Sra. del Carmen de Jaén establecida en la Parroquia de S. Juan y S. Pedro.  

    La noticia la dio el diario JAEN como al principio indicamos: «La Cofradía de Nuestra Señora del Carmen, establecida en la iglesia parroquial de San Juan y San Pedro, ha sido reconocida y afiliada a la Orden del Carmen en su primitiva obser­vancia, con lo que pasa así a formar parte de forma oficial de la Familia Carmeli­tana de la Bética... Esta afiliación no sólo comporta la vinculación a la Orden del Carmen y su reconocimiento por parte de su máxima jerarquía, sino la concesión de toda una serie de gracias para sus miembros. Históricamente, esta afiliación sig­nifica un reencuentro con la Orden del Carmen. La Cofradía siempre se ha sentido unida y así se ha manifestado, ostentando el escudo de la antigua Orden del Carmen y continuando una larga historia de relaciones fraternales con los frailes de la primera Orden. El origen de esta Orden [en Jaén] se remonta al año de 1511 cuando se fundó el convento de la Coronada donde se mantuvieron los frailes hasta 1835».  

    Efectivamente, el Prior General de los carmelitas P. Joseph Chalmers firmó dicha afiliación en Roma el día 1 de noviembre de 1999, y así consta en el Regestum de la Orden. A tenor de las Constituciones O. Carm., la Familia del Carmelo la constituyen «todas las personas y grupos, institucionales o no, que se inspiran en la Regla de San Alberto, en su tradición y en los valores expresados en la espiritualidad carme­litana. Tales somos nosotros y nuestros hermanos de la Descalcez Teresiana, las monjas de una y otra rama, las congregaciones religiosas agregadas, las Terceras Órdenes seculares, los institutos seculares, los asociados a la Orden por medio del santo Escapulario y los que por cualquier otro título o vínculo gozan de la agrega­ción a la Orden». (Mt. 28). «El Escapulario del Carmen, como sacramental de la Igle­sia, constituye un símbolo apropiado para expresar nuestra devoción a la Biena­venturada Virgen María y la filiación de los fieles a la Familia Carmelita». (Art. 89). Y al mismo tiempo que el santo escapulario es para todo cofrade un claro símbolo del hábito de la Orden, lo es también de consagración y de compromiso adquirido para con la Virgen Santísima y del que hemos hablado ampliamente. 

    El ideal de vida para toda asociación se les da por las mismas Constituciones de la Orden: «En la Virgen María, Madre y tipo de la Iglesia, los carmelitas encuentran la imagen perfecta de todo lo que desean y esperan ser. Por eso María ha sido siempre considerada la Patrona de la Orden, de la cual también ha sido llamada Madre y Her­mosura y a la que los carmelitas tuvieron siempre ante sus ojos y en el corazón como la "Virgen Purísima". Mirando hacia ella y viviendo en familiaridad de vida espiritual con ella, aprendemos a estar siempre ante sus ojos y junto con los her­manos del Señor. María vive efectivamente en medio de nosotros como Madre y como Hermana, atenta a nuestras necesidades, y junto con nosotros vela, espera, sufre y goza» (Mt. 27). Los estatutos propios de cada hermandad deben recoger de alguna forma estos principios emanados de la misma Regla de S. Alberto mediante el cual se profesa y vive el espíritu del Carmelo que les da derecho a sentirse miem­bros efectivos de una misma familia.  

    Estas asociaciones no han de ser necesariamente de gloria, sino que estén vincu­ladas a la Orden por razón de origen; así sucede en Sevilla con la reciente vin­culación del Carmen Doloroso, hermandad radicada en la parroquial de Sanctorum, como Las Penas de San Vicente o la Cofradía de la Quinta Angustia que este año conmemora el V Centenario de su existencia y que gran parte de su historia los vivió en el desaparecido convento del Carmen Casa Grande sevillano. El mismo Prior General de la Orden ha venido a abrir solemnemente dicho centenario a petición de la propia hermandad. Otras hermandades del Carmen sevillanas como la de San Gil y la de Sta. Catalina, están vinculadas a la Orden desde hace muchos años y ostentan con orgullo el clásico escudo de la Orden Carmelita.  Que esta fraternidad universal carmelita nos sirva a todos los hermanos para vivir de una forma más radical y auténtica nuestra vocación cristiana dentro de la gran Familia de la Orden del Carmelo y de la Iglesia

ISMAEL MARTINEZ CARRETERO, O. Carm.   
Sevilla enero del año 2000.

 

 

1 GUILlERMO DI AGRESTI, O.P., la Madonna e J'Ordine domenicano, Padua-Roma-Napoli, 1960, 15. 
2 El joven Isidoro Bakanja (+1909) fue martirizado por no quererse desprender de su rosario y del escapulario que llevaba al cuello como signo de su identidad cristiana. Fue beatificado por Juan Pablo II el 24 de abril de 1994. Cf. ISMAEL MARTÍNEZ, O.Carm., Figuras del Carmelo en Los Camelitas, W, Madrid, BAC, 1996,501-505.  
3 JACOBUS A VITRY (t1249), Historia orientalis , cap. 51-52.  
4 Ms del Vaticano nº 3136 editado por C. Kopp, Elías und Chistentum auf Karmel, Padeborn, 1929, 108.
5AGUSTIN M. FORCADELL O. Carm., la Fiesta del Carmen Historia y Liturgia,Onda (Castellón), 1986,33  
6 Nilo GEAGEA, OCD, Una forma di culto mariano del seculo XII: la devozione alla Madonna del Carmelo en Acta Congressus Marilogici-Mariani Iniernationalis Romae anno 1975 celebrad, vol III,349.  
7 Universis archiepíscopís et epíscopís scribit ne heremitas ordinís Sanctae Marie de Monte Carmeli molestari pantiatur. Cf. Analecta Ordinis Carmelitarum 2 (1911-1913>, 128.  
8 STEFANO DE FIORES, Consacrazione en Nuovo Dizionario di Mariologia, Roma, 1986, 2º ed., 408. Cf. Nuevo Diccionario de Mariologia, Madrid, 1988, 487.  
9 Cf. Miguel de San Agustín, Víta Mariefonne, cap. L  
10 GEAGEA, Una Devozione Ecumenica,173.  
11 JUAN PABLO II, homilía pronunciada el día 16 de julio de 1989 en el Santuario de Oropa. Cf. Osservatore Romano, edición semanal (20 de julio de 1989) pág. 5  
12 Ibíd,175.  
13 ~ HOPPENBROUWERS, Come 1'Ordine Carmelitano ha veduto e come vede la Madonna en Carmelus 15 (1968), 214.